El salero de la Última Cena más famoso es el que pintó
Leonardo da Vinci
en el mural del convento dominico de Santa Maria delle Grazie en Milán
(Italia) entre 1495 y 1497. El maestro italiano no lo representó como
una escudilla, sino como un
pequeño cuenco que Judas Iscariote vuelca sin querer con el brazo,
derramando la sal sobre la mesa. «El hecho se ha asociado con la mala
suerte debido a que este mineral era antiguamente muy preciado tanto por
su simbolismo -la Iglesia Católica empleaba la sal para el agua bendita
e incluso constituye un símbolo de preservación de la Santidad en
Jesús: la Sal de la Tierra-, como por su utilidad práctica: era
indispensable para la conservación de los alimentos. Tanto era su valor
que se empleaba como medio de pago: de ahí deriva el término "salario"»,
explica Taranilla.
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